Diario espiritual,  Reflexión

Nuestra meta es el Amor

Mi reflexión de hoy es el resultado de mi caminar con Dios en los últimos días. El Señor me ha señalado un pecado: ¡¡soy arrogante!! Creía que soy más lista que otros, que sé más cosas que otros y esto me daba sentimientos de suficiencia y de arrogancia. No me es fácil confesar esto delante de todos, como no me fue fácil reconocerlo delante de Dios. Pero El insistió, hasta que me quebrantó y he llegado a confesar mi pecado, pedir perdón y también pedir ayuda. Señor, ¿qué tengo que hacer?

La respuesta no vino al instante. En los siguientes días, el Señor me enseñó que significa ser humilde. Me enseñó que la humildad es el valor que Él quiere poner en mi corazón, en el vacío que me quedará después de eliminar mi arrogancia. Me ha dado a entender que es esta batalla que debo pelear estos días: matar la arrogancia, dar a luz la humildad y nutrirla a diario en mis oraciones y mi caminar con Dios.

Pero esto no fue todo. Pasando días, me dejó meditando en esto y dándome más luz a través de Su Palabra y de mis devocionales matutinos. Hasta que me habló de la Visión. Por todos los textos que he leído en aquellos días y todos los pensamientos que me ha dado, por las conversaciones que he tenido con mis amigos y familiares, todo me ha llevado a este entendimiento: que Dios no mira lo que somos hoy, con todas nuestras debilidades y errores, sino que Él tiene de nosotros una visión de un final glorioso a donde nos llevará si seguimos Su Camino. Y más, me enseñó que yo tampoco debo mirar a la gente con mis ojos críticos y juzgadores que tengo hoy, sino que debo mirar por Sus ojos, ver Su Visión para toda la gente. Mirar a cualquiera como la persona que puede llegar a ser si Dios cumple en él Su plan de Salvación y Restauración.

Empecé a ver a dónde me llevaba todo esto. Me llevaba al amor, al mandamiento de amarnos unos a otros así como Él nos amó ( Juan 13:34). Ser humilde como Él es humilde de corazón y manso ( Mateo 11:29). Aprender a servir tal como Él nos enseñó, para ser Sus verdaderos discípulos (Juan 13 – el lavamiento de los pies). Mi arrogancia empezó a morir, poco a poco, y el deseo de amar tal como Él nos ama empezó a crecer. Entendí que sí el Señor me enseña y me da conocimiento, es para ponerlo a Su servicio, para usarlo en Su obra, para llegar a amar y a servir a la gente de manera que ellos puedan desarrollar la visión de Dios para con ellos.

Y todo se juntó esta mañana, al meditar en el texto de 1 Timoteo 1:5, que dice : 《Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fé no fingida.》

1 Timoteo 1:5

Este es el propósito, esta es la meta, la visión: el Amor. Para llegar al Amor perfecto, tenemos que luchar la buena batalla. Y yo que pensaba que mi meta en esta vida era de alcanzar la vida eterna. Pero ¡no! La vida eterna ya la he recibido, por la gracia de Dios y por la fé en Cristo ( Efesios 2:8) y mis obras no me pueden salvar. Pero la batalla no está acabada: continuamente tengo que luchar hasta alcanzar la meta, la visión de Dios: el amor perfecto que nace de un corazón limpio, de una mente sin maldad y de una fé verdadera. Por esto tengo que luchar cada día. Esta es la meta para que estoy orando y estudiando y trabajando. Esto es lo que me hace seguir y levantarme con ánimo cada mañana : el Amor Perfecto de Dios manifestado en mi.

Esta es la oración que debo hacer cada mañana: que el Señor me limpie de toda maldad, que restaure en mi Su carácter, que me llene de Su amor perfecto, que fortalezca mi fé hasta el punto de alcanzar la visión completa que Él tiene de mi.

Y, obviamente, es la misma oración que hago sin cesar para cada uno de vosotros. Porque os quiero. Porque el Señor me enseña quererlos más y más cada día.

Amén.

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